El Sida y el problema de la inmunovigilancia*

 

Dr. Lewis Thomas

 

*Presentado como discurso de apertura en la Escuela de Medicina NYU y en el Simposio de la Escuela Médica de Postrado, “Sarcoma de Kaposi Epidémico e Infecciones Oportunistas de los homosexuales”, el 18 de Marzo de 1983.

 

Del libro ‘Sida: La epidemia del sarcoma de Kaposi y las infecciones oportunistas’, editado por el Dr. Alvin E. Friedman-Kien, Profesor de dermatología y microbiología del Centro Medico de la Universidad de Nueva York y la Dra. Linda J. Laubenstein, Profesora asistente de medicina clínica, sección de hematológica del departamento de Medicina del Centro Médico de la Universidad de Nueva York, editorial Masson Publishing USA, Inc., New York, 1984, 351 p.

 

No hace mucho tiempo atrás, me fiaba del hecho de que las grandes enfermedades infecciosas de la humanidad estaban siendo controladas y que muy pronto – tal vez durante el curso de mi vida – iban a desaparecer como amenazas para la salud humana.

 

Las tecnologías aplicadas a la quimioterapia con antibióticos y a la inmunología han avanzado tanto en los últimos 30 años que parece que existieran sólo pocas especies microbianas que están más allá de nuestro alcance. Están apareciendo rápidamente tratamientos específicos contra las infecciones víricas creados por la ciencia farmacéutica actual.

 

Se están identificando los puntos vulnerables de las levaduras patógenas, hongos y parásitos tropicales, y se van añadiendo nuevos fármacos, nuevas vacunas y anticuerpos altamente purificados al arsenal de la medicina. Hace apenas pocos años escribí un ensayo, en un exceso de orgullo [sic hybris], donde predije que casi habíamos acabado con el problema de las infecciones, y habíamos dejado solamente unos pocos temas no resueltos que había que relacionar entre ellos. Además, asumí la postura que nuestros adversarios los microbios forman parte de una lista limitada y corta; una vez que terminamos con aquellos que aun se encuentran en libertad, no veo ninguna razón para imaginar la existencia de otros microbios que aun son desconocidos, y que se encuentran escondidos esperando atacarnos.

 

Me retracto. No llegamos aun al punto de acabar con las enfermedades infecciosas, y es posible que no lo hagamos en un breve periodo, tal vez ni siquiera lo consigamos con el tiempo. La enfermedad del legionario y la artritis de Lyme son sólo pequeñas muestras de qué cosa podría suceder, inesperadamente, en cualquier momento: pequeños estallidos de nuevos problemas que aparecen en pequeños grupos de pacientes, llevando consigo la amenaza de expandirse, para cualquier día abarcar grandes masas de población.

 

Los así llamados virus “lentos”, por ejemplo la escarpia, que son capaces de producir por lo menos una forma de demencia en los seres humanos, son misterios biológicos que aun no han sido resueltos, que no se encuentran bajo control y que menos aun han sido comprendidos. La artritis reumatoide empieza a parecer siempre más como si se tratara de un tipo de infección, pero nadie sabe de qué tipo, y eso aun debe resolverse. Aun no se ha resuelto el probable rol de los virus en la aparición del cáncer en los seres humanos.

 

Ni siquiera estamos seguros de la causa precisa de la gran y letal pandemia de gripe que arrasó el mundo en 1918, y tampoco somos capaces de individuar el agente que causó la epidemia mundial de la enfermedad de von Economo (una infección cerebral que provoca el mal de Parkinson) durante el mismo periodo, y ni siquiera podemos fiarnos de que pandemias de enfermedades como éstas no ocurran otra vez.

 

Y ahora el “Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida”, Sida, que sólo apareció hace 3 o 4 años, ya está causando algo parecido al pánico en lo que respecta a la sanidad publica en la ciudad de Nueva York, Los Ángeles, San Francisco y en otros centros cosmopolitas y parece que se está difundiendo en otras zonas del país.

 

Las cifras que se barajan aun son pequeñas, sólo alrededor de 1200 casos, todos ellos denunciados entre 1980 y principios de 1983, no muchos considerando una población que supera los 200 millones de habitantes. Pero de aquellos 1200 pacientes, alrededor del 40% falleció menos de un año después del comienzo de la enfermedad; la mortalidad definitiva en los pacientes que se encuentran ahora bajo observación podría ser mucho más alta del 40%. Además, por sí mismas, las manifestaciones de la enfermedad son tremendas: infecciones gravísimas provocadas por microorganismos invasores que generalmente son considerados inocuos en las personas normales, virus que nunca han sido considerados capaces […]

 

[…] colocados en sus superficies demostrando su naturaleza extraña. Macfarlane Burnet amplió la noción y denominó ‘inmunovigilancia’ al supuesto mecanismo protector.

 

En ese momento me pareció, y aun hoy me parece, que debía de existir un mecanismo inmunológico congénito de ese tipo en los seres humanos como defensa natural contra el cáncer.

 

Existen las “familias cancerosas”, donde la aparición de algunos neoplasmas son una característica hereditaria considerablemente más alta que en la población en general. Además, se sabe desde hace mucho tiempo que existen individuos que tienen predisposición al cáncer en los cuales aparecerán dos o más tipos de cáncer totalmente diferentes en el curso de su vida.

 

Una vez, un estudio llevado a cabo en el Hospital Memorial mostró que los pacientes con cualquier tipo de cáncer,  tomados en conjunto y desde el punto de vista estadístico, están mucho más expuestos que la gente normal a desarrollar un segundo o tercer tumor de un tipo diferente después que la primera tumoración fuera tratada mediante cirugía. Ello no debe confundirse con los probables efectos cancerígenos de la quimioterapia: [es decir], la observación de que  múltiples tipos de cáncer se presentan mucho tiempo antes de la quimioterapia. Los niños con diferentes tipos de inmunodeficiencias congénitas son altamente vulnerables a las neoplasias, sobre todo a la leucemia y a los linfomas.

 

La incidencia global del cáncer en las distintas sociedades humanas, que viven en condiciones ambientales completamente diferentes, también sugiere la existencia de alguna forma bastante estable de resistencia natural. En general, en una sociedad como la nuestra, aproximadamente el 25% de los seres humanos desarrollarán cáncer durante el curso de su vida. De alguna forma las cifras han sido retocadas en las décadas recientes debido a la creciente incidencia del cáncer pulmonar en los fumadores, pero de todas maneras, parece que alrededor del 75% de nosotros, de algún modo, está protegido naturalmente contra el cáncer.

 

Ciertamente, se necesitan una serie de experimentos en los seres humanos, proyectados y llevados a cabo para responder a la pregunta que se dá por descontada: ¿Que sucedería si se eliminase en los seres humanos el supuesto mecanismo de defensa de la inmunidad celular? ¿Ello causaría cambios en la incidencia o en el desarrollo clínico del cáncer? Como sucede frecuentemente,  [ya] se llevaron a cabo experimentos de este tipo no programados. [n.d.t. en negrita para poder señalarlo mejor]

 

En los años más recientes, las enfermedades de índole maligna se han presentado con extraordinaria frecuencia en los pacientes que reciben transplantes de riñón o corazón, y la única explicación plausible para este hecho es el uso rutinario y obligatorio de fármacos inmunosupresores. Al principio, en los casos de los transplantes de riñón, éstos parecían ser el resultado de la utilización de transplantes provenientes de donantes cancerosos. Se pensaba que unas pocas células cancerígenas aisladas habían llegado con el trasplante. Sin embargo, más tarde se vió que una cantidad notoria de nuevos cánceres se estaban presentando en el curso de la terapia intensiva no sólo en los pacientes transplantados a los que se suministraban fármacos inmunosupresores, sino que también en los pacientes tratados con los mismos fármacos por otras razones.

 

Los cánceres eran de todo tipo: sarcomas, incluido el sarcoma de Kaposi, linfomas y carcinomas. Algunos aparecieron en la zona o en los alrededores del transplante, otros en puntos distantes. La característica más notable del fenómeno, a parte de los tipos de cáncer en sí mismos, es que algunos de estos tumores espontáneos reagredían cuando se interrumpían los fármacos inmunosupresores. En algunos casos, se informó que los crecimientos malignos grandes como un huevo o incluso más grandes aun, en algunos casos con precedente metástasis de los ganglios linfáticos, algunos de ellos con sarcoma de Kaposi, desaparecieron luego de haber interrumpido los fármacos.

 

A los pacientes transplantados que desarrollaron neoplasias les fueron suministrados fármacos inmunosupresores de forma rutinaria, en general una asociación de azatioprina o prednisona. Hace tres años, Krikorian resumió los resultados de la experiencia de Stanford con los transplantes de corazón. De los 143 pacientes transplantados que sobrevivieron durante 3 meses o más, 10 desarrollaron cáncer: seis linfomas, tres carcinomas, y una leucemia aguda. Todos esos pacientes tenían menos de 40 años, lo que indica que la incidencia del cáncer de novo [n.d.t espontáneo] era extraordinariamente alta. Para los destinatarios del transplante renal, se estimó que el cáncer se desarrolla con una frecuencia 100 veces más alta que el porcentaje previsto con respecto a las edades que se tomaron en cuenta. […]