LOS MÉDICOS DE ROCKEFELLER.

LOS MÉDICOS DE ROCKEFELLER.

MEDICINA Y CAPITALISMO EN ESTADOS UNIDOS

(ROCKEFELLER MEDICINE MEN: MEDICINE AND CAPITALISM IN AMERICA)

E. RICHARD BROWN, 1979, UCP

EXTRACTOS TRADUCIDOS POR EL TIG (GRUPO DE INFORMACIÓN SOBRE TRATAMIENTOS)

EL LIBRO COMPLETO EN INGLÉS ES ACCESIBLE EN http://bit.ly/aSprPp

RESUMEN

(SI BIEN NO SE HALLA EN EL LIBRO, LO INCLUIMOS PARA FACILITAR SU COMPRENSIÓN)

MIKE CHAPPELLE

La larga historia de la investigación médica moderna, la educación científica, y la salud pública cuenta la manera con que la fuente del patrocinio (procedente de los principales “socios en la ciencia”) definió el campo de investigación de los científicos (los socios subalternos), de ese modo limitando los resultados. Esta historia está muy bien documentada y no es controvertida, aunque no se la conozca demasiado. Simplificando mucho, durante la denominada era progresista, los filántropos norteamericanos y sus fundaciones actuaron estableciendo el modelo médico al que llamamos actualmente medicina occidental. Para poder explicar esta medida, se tiene que entender el contexto en el que fue tomada, pues en ese momento existía un movimiento radical en la salud pública. Este movimiento exigía que “para mantener la salud de la comunidad, se desarrollara una maquinaria social que pudiera asegurar a cada miembro de la misma un nivel de vida adecuado”.

Las elites dominantes percibían con gran claridad que un sistema de salud pública radical podía llegar a suponer una amenaza para sus intereses. Por lo tanto, como alternativa, los filántropos fundaron institutos de investigación basados en el “modelo alemán”. En aquel entonces, ese modelo era el menos holístico y también el que tenía menos orientación socio-económica. Posteriormente, después de arrancar a los médicos el control de la educación médica y transferirlo a las universidades de elite (que también estaban siendo reestructuradas gracias al auspicio de las fundaciones), les propinaron a las facultades de medicina el tipo de ciencia que se había desarrollado en los institutos, considerándola la base de conocimiento apropiada. A la vez que se desarrollaban estos acontecimientos, continuaron invitando al movimiento de salud pública a sumarse a su causa, eliminando lo más posible los elementos radicales que lo componían, y apartándolo del control a nivel local. La versión norteamericana derivada del modelo alemán fue exportada a otros lugares del mundo.

Limitando la investigación médica al examen de lo que se logra ver bajo un microscopio, se logró que se relegara todo lo posible a un segundo plano al estudio de las causas sociales de las enfermedades (pobreza, desnutrición, envenenamiento industrial del ambiente y del lugar de trabajo, etc.). Hoy en día, esto se puede apreciar con claridad en la investigación sobre cáncer, donde la industria agro-química-farmacéutica dirige el campo de pesquisa, tanto en la investigación pública como en la privada. Como consecuencia, es de prever que la investigación sobre cáncer trate desesperadamente de achacar esta enfermedad a un virus o a un gen. Mientras tanto, las condiciones ambientales “siguen desapareciendo de la escena del cáncer”. Ello es debido (tal como lo señaló Edward Herman) a que la “ciencia empresarial chatarra” tiende una cortina de humo para que no se vuelvan evidentes las causas industriales del cáncer y de otras enfermedades.

(Fin del resumen)

La medicina científica I: La ideología de la exaltación profesional

GANÁNDOSE LA CONFIANZA DE LA GENTE

La medicina científica resolvió dos problemas generales a los que el cuerpo médico-científico se tuvo que enfrentar a fines del siglo diecinueve, es decir, a la falta de confianza de la gente en la eficacia de sus servicios, y a la competencia dentro del mismo cuerpo médico.

Más que inspirar sobrecogimiento y confianza, el cuerpo médico habitual se había ganado el miedo y las burlas de la gente. Durante el siglo diecinueve, el cometido principal impuesto por los líderes del cuerpo médico era el de ganar el apoyo y patrocinio de la gente. El código ético de la AMA (Asociación médica norteamericana) intentó asegurar a la gente profana en la materia que los médicos seguían principios éticos y que eran competentes, y trató de imponerle a la gente que confiara en los médicos habituales. Pero ninguna afirmación ni imposición resultó eficaz en ausencia de experiencias personales convincentes o de una propaganda persuasiva que pudiesen reemplazar a la propia experiencia.

La homeopatía, el eclecticismo, y la osteopatía no gozaban de tanto patrocinio público como la medicina habitual, pero poseían un fuerte apoyo de base. Tenían seguidores, incluyendo a varias personas ricas e influyentes, que creían absolutamente en su eficacia. Existía una creencia generalizada, al menos en parte, de que estos médicos eran tan eficaces como la mayoría de los médicos habituales, y seguramente menos peligrosos. Además, ellos no exigían un monopolio de la práctica de la medicina, que fue una política acertada y práctica debido a la dudosa reputación de los profesionales habituales, y a la confianza casi universal en los remedios caseros para tratar la mayoría de las enfermedades leves, tanto agudas como crónicas.

Para que la medicina habitual pudiera ganar en la competencia con las otras corrientes médicas, antes que nada tenía que ganarse la confianza de la gente de manera absoluta y también relativa. Para ganar este apoyo público, la medicina científica proporcionó la base para el comienzo de una campaña conjunta y eficaz. El esfuerzo nunca dependió de la gente común de Estados Unidos, puesto que la campaña para la aceptación de la medicina científica fue dirigida a los ricos y poderosos de la sociedad y a la nueva clase “media”. Ambos grupos debían su posición privilegiada a la industrialización intensiva que comenzó con la guerra civil. A estos grupos les interesaba especialmente un tipo de medicina con la cual compartían su cultura industrial, sus valores, sus puntos de vista sobre el mundo, y sus ideologías. “La gestión científica” analizaba el proceso de trabajo en la producción dividiéndolo en sus elementos constitutivos, y los reorganizaba bajo una gestión administrativa para que la administración produjera ganancias. La “medicina científica” es algo por el estilo, pues analizaba al cuerpo en sus partes constitutivas, sometía las partes al control de los médicos científicos, y de esta manera mantenía a los cuerpos más sanos y eficientes.

La teoría de los gérmenes como causa de las enfermedades atraía especialmente tanto al cuerpo médico habitual, como a estas nuevas elites industriales y empresariales. La teoría de los gérmenes hacía hincapié en que las enfermedades eran causadas por agentes diferenciados, específicos, y externos. Además, fomentó el concepto de que era importante contar con terapias específicas para curar patologías específicas. La recompensa para los médicos podía llegar a ser lograr un aumento de la eficacia técnica, y ganarse un mayor prestigio ante los ojos de la gente. Pero esa no era la preocupación principal de los capitalistas influyentes, ni de los investigadores médicos. Estos hombres (casi no había mujeres en sus filas) veían en la medicina científica la posibilidad de prevenir enfermedades a través de la intervención tecnológica que identificaba al organismo culpable y las vías de contagio, y atacaba a este organismo en su origen o lo empleaba para crear una respuesta inmunitaria dentro del cuerpo. Por lo tanto, se consideraba a las enfermedades como un problema de ingeniería y que se las podía superar con talento y recursos suficientes. La teoría de los gérmenes y los descubrimientos en el campo de la bacteriología confirmaban a los investigadores médicos el valor de su trabajo y les aseguraba más apoyo para su labor. Las investigaciones bacteriológicas y la aplicación de sus resultados les dieron la posibilidad a los capitalistas de disminuir los recursos procedentes de la sociedad de los que las enfermedades se apoderaban.

Los precursores de la medicina científica, junto con los médicos de otras corrientes médicas, ya habían mejorado notablemente la clasificación de las enfermedades. Hacía mucho tiempo que los médicos europeos dominaban el campo de los descubrimientos médicos, aunque de vez en cuando algún norteamericano también hacía su aporte. En 1836 el médico William Gerhardt del Hospital Filadelfia logró diferenciar clínicamente la tifoidea del tifus. Sin embargo, el beneficio práctico procedente de estas clasificaciones era mínimo, puesto que no existía ningún tratamiento disponible para curar esta afección. El sangrado, las purgas, el provocar ampollas, y los tónicos eran el bagaje de trucos típico que disponían los médicos habituales. Los homeópatas y eclécticos, junto con los curanderos profanos, utilizaban una amplia variedad de hierbas, y muchos afirmaban que lograban altos porcentajes de curas. Por los años 1880, la medicina habitual todavía contaba con unos pocos fármacos a los que generalmente se consideraba como curativos: la quinina lograba salvar a las víctimas de la malaria, el mercurio podía curar la sífilis, y la digitalis a menudo lograba curar afecciones coronarias.

De alguna manera el campo de la prevención de las enfermedades lograba más resultados. En el siglo dieciocho los europeos y norteamericanos ricos adoptaron un cierto tipo de inoculación de la viruela, que en cierta manera era peligroso, y que se utilizaba en los países europeos del Este desde hacía siglos. Edward Jenner introdujo la inoculación de la viruela bovina en 1798, que era eficaz y de alguna manera más segura que la inoculación de la otra viruela.

Ya en 1866, al tiempo de la tercera epidemia de cólera más importante de Estados Unidos, la noción de que el cólera era una enfermedad específica y contagiosa finalmente había conseguido un apoyo casi unánime por parte del cuerpo médico, que se unía a la creencia popular muy enraizada en la posibilidad de contagio. El apoyo médico para que se limpiara la suciedad acumulada en las ciudades norteamericanas se ganó el respaldo de los comerciantes, ayudó a prevenir la difusión del cólera, y a evitar las altas tasas de mortalidad que habían caracterizado a las epidemias anteriores. El éxito de este esfuerzo preventivo fue atribuido a la ingeniería sanitaria, y trajo aparejado un mayor apoyo para los programas sanitarios.

A pesar de los escasos resultados, los médicos más importantes y la nueva clase de médicos investigadores mantenían su fe en el éxito final de la ciencia médica. Los mayores avances se dieron en los años 1880 y 1890, y procedían de Europa. En 1883 y 1884 Edwin Klebs y Friedrich Loeffler aislaron al germen involucrado en la difteria, un asesino importante del siglo diecinueve. A principios de 1890, Emil von Behring y sus colaboradores produjeron la antitoxina de la difteria, que a pesar de contar poco en la disminución de la mortalidad causada por esta enfermedad, apoyaba a la creencia de que en realidad las epidemias mortales que se aceptaban con resignación podían prevenirse entendiendo sus causas.

En todo el mundo se alabaron éstos y otros descubrimientos de los años 1880 y 1890. La ciencia médica se benefició al ser nuevamente respetada, además de recibir apoyo político y económico. En efecto, el éxito allanó el camino para la fortuna. El gobierno alemán proporcionó laboratorios a Robert Koch y Paul Ehrlich.

En Francia, los aportes públicos le proporcionaron a Louis Pasteur un instituto de investigación. En Inglaterra y Japón, los filántropos desembolsaron dinero para que se construyeran nuevos institutos de investigación médica.

En Estados Unidos, el apoyo privado y gubernamental para la investigación médica se quedó a la zaga de estos otros países. La medicina veterinaria recibió ayudas del Ministerio de Agricultura para detener epidemias que estaban acabando con las inversiones ganaderas. Los funcionarios del gobierno y los filántropos no consideraban de mucho valor investigar las enfermedades humanas, tal como observó Richard Shryock, “en parte debido a la índole de la ciencia médica anterior a 1885, y en parte debido a que el bienestar humano no producía un rendimiento económico directo”, pero los cerdos sí que lo hacían. Sin embargo, los descubrimientos de 1880 y 1890 ofrecían la promesa de que, tal como la ciencia había conseguido develar a los gérmenes que causaban las grandes pestes, la investigación adicional no sólo podría proporcionar curas, sino también métodos para protegerse contra la difusión de las epidemias. La vida de los investigadores médicos estaba guidada por estas expectativas, que también se estaban difundiendo rápidamente entre la clase media, y entre aquellos que poseían y administraban los nuevos imperios industriales norteamericanos.

La ciencia médica rescató a la medicina, y especialmente a los médicos, de la tan generalizada falta de confianza en su eficacia. Estos descubrimientos, pocos pero significativos, que en su mayor parte se dieron en el campo de la bacteriología, aumentaron la creencia en la eficacia técnica de la medicina en conjunto. Pero en la práctica, el impacto real del progreso contra las enfermedades infecciosas no era tan importante, ni estaba tan cercano como afirmaban sus partidarios. No aumentó espectacularmente el arsenal de armas eficaces contra las enfermedades, pero en efecto, sus avances limitados proporcionaron la base para persuadir a la gente de que los logros de la medicina científica se reflejaban en todos los miembros de la comunidad científica tanto en los médicos como en los investigadores que habían sido instruidos en la teoría y los métodos de la investigación médica científica.

El ligero aumento en la eficacia de la nueva medicina fue exagerado por la propaganda que hicieron el cuerpo médico y los medios de comunicación. Desde 1890, las revistas populares y los periódicos se sumaron a las revistas médicas principales que elogiaban los logros y las profecías sobre el futuro éxito de la ciencia médica. Aparecieron artículos en varias revistas populares y periódicos profesionales ridiculizando las “falacias de la medicina popular”, y ensalzando los “triunfos de la medicina moderna” y la “guerra contra las enfermedades”. Describían a la medicina como a una “ciencia exacta”, y a los médicos como científicos inquisitivos y escépticos que evitaban “llegar a conclusiones apresuradas o a una dependencia irreflexiva en las fórmulas”.

El aumento de la credibilidad en la medicina fue importante para lograr convencer a la gente de que los médicos con una formación científica tenían una pericia por la que valía la pena pagar. Si los médicos lograban hacer por un paciente sólo un poquito más que un curandero que utiliza hierbas o un fármaco patentado, era inútil que la gente gastara su dinero en elevados honorarios médicos. La medicina científica rodeó al médico moderno de un aura de eficacia terapéutica, y las limitadas mejorías contribuyeron a esa aura. Además, la habilidad técnica que se la relaciona con la medicina científica, ayudó a mistificar el papel y la labor del médico más eficazmente que las nociones más viejas acerca de la etiología de las enfermedades, los remedios desagradables, y los códigos de “ética” transparentes. Por consiguiente, la medicina científica apoyó a las reivindicaciones del cuerpo médico para poder ejercer un monopolio de todos los métodos curativos. Estos beneficios proporcionaron la base para otros beneficios, y consiguieron quitarle autoridad a las medicinas que seguían otras corrientes, a las matronas, y a otras formas de competencia.

Buscando destruir el control de sus competidores en el mercado médico, el cuerpo médico habitual ofrecía a la medicina científica como si fuese más eficaz que la “medicina como arte”, la “medicina que sigue otras corrientes”, y los “curanderos”. No sólo era más eficaz, sino que, tal como cada corriente anterior había afirmado, era la única medicina válida. A la medicina científica se la consideraba como una teoría y práctica médica no sectaria, la única que no se basaba en dogmas, sino en verdades comprobables. Siendo la única medicina válida, se le tendría que conceder el monopolio de la práctica; se les debería permitir sumarse al colegio médico del condado “solamente a hombres y mujeres que tengan un interés en la medicina científica”. Pero afirmar una cosa no es lo mismo que impulsar a que se la acepte.

En Estados Unidos, aún se utilizaba ampliamente la medicina popular, especialmente en el campo, pero también en las ciudades. Cada familia contaba con sus remedios tradicionales que formaban parte de la tradición popular familiar, en la que se creía y que se transmitía de una generación a otra. Por lo común, los remedios familiares utilizados por la familia de la joven esposa prevalecían en su nueva familia. Algunos remedios actuaban sin duda como placebos, pero seguramente muchos eran eficaces en proporcionar alivio e incluso cura. Las tradiciones de este tipo representaban obstáculos poderosos para que la medicina científica fuera aceptada.

La mayoría de los médicos también eran muy pragmáticos, desarrollaban una serie de aptitudes, y utilizaban algunas nuevas técnicas que parecían eficaces y que los pacientes aceptaban de buena gana. La ciencia médica no les causaba buena impresión ni a los médicos rurales, ni tampoco a los de la ciudad, y la veían como un instrumento que les permitía curar más eficazmente cuando sus pretensiones funcionaban y cuando sus técnicas no les exigían practicar todo un nuevo método.

Robert Pusey, un médico rural de Kentucky que ejerció la medicina entre 1870 y 1880, usaba un termómetro clínico, un espéculo complejo, y una jeringa. De vez en cuando utilizaba el estetoscopio, aunque prefería auscultar al paciente con su oído. Con este método tan simple lograba sentir y distinguir a la mayoría de las afecciones, tan bien como lo hacía su hijo, que tenía formación científica, utilizando el estetoscopio. El criterio de Pusey se basaba en la práctica, estudiaba los casos más concretos y concisos descriptos en los textos de medicina, y desconfiaba de los artículos periodísticos. El anciano Dr. Pusey tomaba a la bacteriología con pinzas, especialmente como explicación de las infecciones que producían pus, pero por lo general no aceptaba que pudiera explicar las enfermedades infecciosas. A veces utilizaba mercurio, preparaba y vendía sus propios fármacos, no empleaba fármacos patentados, y a menudo prescribía como tónicos la estricnina y el arsénico. Realizaba operaciones en las que utilizaba cloroformo como anestesia, y practicó la asepsia cuando los conocimientos y las técnicas estuvieron a su disposición.

Era seguro que la propaganda a favor de la medicina científica iba a ser eficaz, pero iba a llevar tiempo. John Shaw Billings, un reformador médico de primer nivel que vivió a fines del siglo diecinueve, notó que los médicos cuya consulta no sufría interferencias por parte de los curanderos se mostraban indiferentes a las reformas, mientras que los que necesitaban contar con una consulta más numerosa se indignaban más por el hecho de tener competidores de ese tipo. Billings admitía que varios curanderos habían logrado curas en casos en los que la ciencia había fracasado. Pero en vez de que eso disminuyera su rechazo a cualquier método médico que no fuera el método científico, Billings lo veía como un problema táctico, en el sentido de que había que persuadir al pueblo norteamericano de que le convenía suprimir el curanderismo. A la gente le iba llegando los logros notables de la ciencia médica, pero tal como Billings advirtió, “es preciso ir despacio y permitir que se acumule dicha evidencia”.

Los reformadores creían que la medicina científica podía llegar a aumentar la eficacia técnica de la medicina, y la promocionaron como el único método terapéutico eficaz. Esperaban que mediante la  propaganda fueran a minar la resistencia de la gente a utilizarla, fueran a aumentar la demanda de la misma por parte de la gente, y por consiguiente fueran a forzar a los médicos a sumarse a la nueva medicina “no sectaria”.

DISMINUYENDO LA COMPETENCIA

Cuando la medicina científica se ganó la credibilidad de la gente y de los profesionales, también resolvió el segundo problema, que era esencialmente más grave y con el que se enfrentaba el cuerpo médico en el siglo diecinueve, es decir, la competencia.

El cuerpo médico estaba asolado por la competencia entre las numerosas corrientes médicas, entre los médicos y las facultades de medicina, y dentro de las mismas filas de los médicos habituales, que estaban “abarrotadas”, y se salvó de sus propias luchas internas opositoras debido al triunfo de la medicina científica. Primero de todo, las necesidades técnicas de la enseñanza de la medicina científica proporcionaban diversas ventajas a la elite del cuerpo médico. En segundo lugar, la medicina científica forjó una nueva unidad entre los intereses de los médicos de elite y las facultades de medicina. En tercer lugar, a medida que aumentaba y se extendía su legitimidad, la medicina científica quitó autoridad a las corrientes médicas más importantes. Por consiguiente, impuso una unidad entre esas corrientes al subordinarlas a las fuerzas dominantes en el cuerpo médico. Y finalmente, la ciencia médica hizo posible la especialización, que en gran parte fue una reacción a la competencia dentro de la medicina. El impacto global que tuvo la medicina científica dentro del cuerpo médico fue el de legitimar el control por parte de los médicos de elite y las facultades de medicina.

NECESIDADES TÉCNICAS DE LA EDUCACIÓN MÉDICA CIENTÍFICA

LOS NUEVOS PROFESORES DE MEDICINA

Para lograr convertir al médico en el proveedor de una vasta gama de habilidades dentro de un contexto de conocimiento mistificado, se requirió una instrucción exhaustiva y esotérica. Los reformadores médicos del siglo diecinueve imaginaban al médico como a un científico de cabecera. Los médicos debían pensar y hablar como científicos, y debían formarse en anatomía, fisiología, bacteriología, patología, farmacología, y en ciencias físicas. Debían pensar en la salud y la enfermedad, no holísticamente como relaciones generales entre los sistemas del propio organismo o entre el individuo y el medioambiente, sino en términos de micro conceptos de fisiología y anatomía, bacteriología y patología celular. A fines del siglo diecinueve, estas ciencias y sus conceptos reduccionistas habían comenzado a ser reconocidos poco a poco como los fundamentos de la educación médica.

Las facultades de medicina del siglo pasado estaban compuestas por médicos que a menudo eran talentosos y fuertes en el “arte”, pero no tan entendidos en la “ciencia”. Al médico local se le fueron quitando cada vez más los cursos de ciencias de laboratorio, que fueron dados a los médicos que poseían una instrucción especial en esas ciencias. Los nuevos profesores de medicina que preferían estas ciencias de laboratorio más que el ejercicio de la medicina, prosperaron debido al aumento de la demanda de médicos con más escuela e instrucción en estos campos. Al regreso de aquellos que podían permitirse el lujo de pasarse uno o dos años estudiando en Alemania o Austria luego de finalizar la facultad de medicina, les esperaban carreras seguras, por no decir lucrativas, como profesores de medicina.

En 1893 Johns Hopkins se convirtió en la primera Facultad de medicina de Estados Unidos que empleaba a estos hombres de laboratorio a tiempo completo, y que les pagaba sueldos que les permitían dedicar su tiempo y energía a la investigación y enseñanza. La nueva organización a tiempo completo de la escuela de ciencias de laboratorio fue acogida como un gran avance en la educación médica norteamericana. Rápidamente fue adoptada por otras facultades de elite, poco a poco se convirtió en la norma, y fue emulada por las instituciones ordinarias. Pese a que la escuela de ciencias de laboratorio renunció a ingresos procedentes del ejercicio privado de $10.000 al año y más aún, por sueldos de $3.000 o $4.000, había gente más que suficiente para satisfacer la demanda.

Algunos de los gigantes de la reforma médica como William H. Welch odiaban ejercer la medicina, temían a la inseguridad que trae aparejada la competencia entre los médicos privados, y deseaban encontrar una oportunidad de proseguir la investigación médica sin las distracciones que representaba mantener una clientela privada.

Antes de irse a Europa en 1876 para mejorar su capacidad en las ciencias médicas, Welch le confesó a su hermana sus temores acerca de lo que podría traer aparejado tratar de consolidar “de una manera u otra un patrocinio de cualquier clase”. Repitiendo los sueños dorados de la mayoría de los graduados en medicina, Welch notó que “es mucho mejor tener una cátedra en una facultad de medicina y un sueldo... y ser buscado por los pacientes en vez de tener que buscarlos”. Sus estudios en el exterior le iban a dar una ventaja por sobre sus competidores: “Si absorbiendo un poco de tradición popular alemana logro tener una ventaja por sobre unos pocos miles de rivales, y por consiguiente disminuyo el número de mis competidores más o menos a unos pocos cientos, sería un buen comienzo para lograr que sea un número aceptable”.

Por consiguiente, el énfasis en la medicina científica generó oportunidades de trabajo sin precedentes para los médicos en su calidad de científicos. A medida que los puestos aumentaban, surgía un núcleo de profesionales que estaba más dedicado que nunca a ver cómo la medicina como ciencia desplazaba completamente a la medicina como arte. Los intereses de estos científicos estaban vinculados únicamente con las facultades de medicina con las cuales se identificaban, pero no con el ejercicio privado. Siendo los nuevos profesores de medicina la vanguardia de la estrategia exitosa del cuerpo médico y los destinatarios de millones de dólares en inversiones de capital en investigación médica y educación, se transformaron en el símbolo de la nueva medicina. En 1890 y por primera vez en Estados Unidos, el cuerpo médico comenzó a exaltar al científico más que al médico. A pesar de sus ingresos más modestos, típicos de la clase media, los científicos eran la nueva elite del cuerpo médico.

Las cátedras en las facultades más prestigiosas se ganaron sus reputaciones profesionales basándose en los aportes que dieron a sus campos específicos a través de sus investigaciones. Como las reputaciones mejoraron, eso atrajo a los mejores estudiantes y a los pacientes más ricos. En 1903 William Halsted, un cirujano famoso de la Johns Hopkins, ganó $10.000 por una apendicetomía y Howard Kelly, su colega, cobró $20.000 por una operación quirúrgica importante.

A diferencia de las facultades de medicina de antaño, cuyos recursos materiales aumentaban con las cuotas de los estudiantes y los pacientes derivados por los muchos ex estudiantes, los intereses materiales de los nuevos profesores de medicina estaban vinculados a la promoción de la ciencia médica. Les convenía aumentar los estándares de las escuelas médicas, y hacer que la medicina científica fuera la única teoría y práctica aceptable.

El tipo de escuela de medicina predominante, regenteada por la universidad y que subsistía gracias a las cuotas que pagaban los estudiantes, podía prosperar siempre y cuando se pudiera mantener un alto nivel de inscripción y bajos costos. Sin embargo, los médicos podían llegar a prosperar solamente si disminuía el número de médicos egresados, es decir, reduciendo la competencia dentro del cuerpo médico. Este conflicto de intereses económicos dividió a los médicos de elite de la facultad de medicina durante todo el siglo diecinueve. El ascenso de la medicina científica transformó al viejo conflicto en la base de una alianza entre las facultades de medicina científicas y los médicos de elite.

Por consiguiente, los intereses de los nuevos científicos médicos en la educación médica estaban vinculados al predominio de la medicina científica, no al gran número de estudiantes, ni tampoco a la gran cantidad de facultades de medicina. Ellos se sumaron a los médicos de elite en calidad de líderes de la reforma en la medicina, y en torno al cambio de siglo, juntos lograron asumir el control de la AMA, a la que reorganizaron completamente para transformarla en el instrumento del cuerpo médico para ejercer su actividad política, tal como la conocemos hoy en día, y para utilizarla junto con las facultades de medicina más importantes para alterar completamente los elementos técnicos y las fuerzas económicas y sociales dentro de la medicina.

Las necesidades técnicas inherentes al desarrollo y enseñanza de la medicina científica agudizaron las diferencias entre la cátedra de ciencias de laboratorio y los médicos, proporcionaron oportunidades de trabajo nuevas y en expansión para los científicos, y los elevaron a puestos de elite influyentes dentro del cuerpo médico. Al mismo tiempo, estos acontecimientos proporcionaron una base para establecer una alianza entre esta nueva escuela de elite y los médicos de elite, brindándoles suficiente poder para asumir el control de la medicina y transformarla.

LAS PÉRDIDAS Y BENEFICIOS

Evidentemente, la medicina científica resultó ser una doctrina eficaz para lograr reformar y mejorar al cuerpo médico, ya que aumentó la eficacia técnica de los médicos, proporcionando la base para que la gente confiara más en la medicina. La necesidad de investigar y enseñar la ciencia médica generó toda una nueva categoría de medicina universitaria. Además, aunó los intereses de esos profesores de medicina, que intentaban conseguir la victoria total de las facultades de medicina científicas por sobre otras facultades menos adecuadas, con los intereses de los médicos de elite que querían disminuir el número de egresados y la competencia entre los mismos médicos para poder aumentar sus ingresos y estatus. Las necesidades inherentes de la educación médica científica ejercieron demasiada presión sobre los recursos con los que contaba la educación médica “comercial” hasta un punto de ruptura, lo que impulsó a que se cerraran varias facultades de medicina y que se redujera el número de médicos egresados. También proporcionó una base lógica para exigir como requisito a los candidatos a la facultad de medicina una educación preliminar extensiva, forzando a que las clases más pobres abandonaran la medicina, y por consiguiente elevaron la clase social del cuerpo médico. Además, la medicina científica quitó autoridad a las medicinas que seguían otras corrientes, sumando a la mayoría del cuerpo médico dividido bajo la insignia de una medicina científica “no sectaria”. Finalmente, proporcionó el fundamento para disminuir aún más la competencia dentro del cuerpo médico, mediante el desarrollo de las especializaciones. De ese modo, la medicina científica ayudó a completar la profesionalización de la medicina.

Estos beneficios para el cuerpo médico fueron acompañados de algunas pérdidas. Algunas de esas pérdidas las tuvieron que soportar los miembros menos poderosos del cuerpo médico. Los beneficios recibidos por los especialistas, que eran la nueva elite entre los médicos, significaron pérdidas para los médicos de cabecera. La medicina científica proporcionó a la elite científica del cuerpo médico los medios para asegurar su posición y asumir el control total.

Mientras que la sociedad se benefició de técnicas más eficaces contra las enfermedades infecciosas, la gente perdió los beneficios de las técnicas tradicionales y se volvió dependiente de la medicina tecnológica. La propaganda de la elite con mentalidad reformista vendió a la medicina científica como si fuera el último grito en materia de salud y enfermedad. Mediante esta campaña, el cuerpo médico logró excluir a los métodos de prevención y tratamiento que empleaban hierbas, que sólo ahora están ganando popularidad otra vez. También restringieron el objetivo de la pesquisa médica llevándola a conceptos reduccionistas, que hacían caso omiso del contexto social y económico donde se desarrollan la salud y la enfermedad.

Al médico lo describieron como omnisciente, y su pericia, todopoderosa. Los pacientes aceptaron las afirmaciones del cuerpo médico y querían recibir algo a cambio de su dinero, por lo que empezaron a exigir que el médico les proporcionara remedios para sus sufrimientos. Como no querían desalentar esta actitud provechosa, la mayoría de los médicos creían, tal como lo expresó un médico de fines del siglo diecinueve, que “quien rechaza hacer algo por el paciente falta a su deber y a su privilegio”. Sin embargo, incluso el hecho de atribuir  al médico esta omnisciencia, que resulta lucrativo, era un arma de doble filo. Cuando armados de garantías sobre la cuasi infalibilidad de la ciencia médica, sufrían mutilaciones causadas por los tratamientos o los errores de los médicos científicos, los pacientes exigían indemnizaciones. El número de juicios por mala praxis de 1900 a 1915 sobrepasó al número de juicios de todo el siglo diecinueve.

Lógicamente, los grupos más oprimidos de la sociedad fueron los que más sufrieron debido a la completa profesionalización de la medicina llevada a cabo por la medicina científica. Las clases más pobres en general y las minorías étnicas y raciales en particular sufrieron el doble, por el hecho de haber sido excluidas del ingreso en el cuerpo médico, y por perder el sistema sanitario tradicional de sus comunidades, al que antes tenían acceso. Ya a comienzos del siglo veinte, la gente que se podía permitir consultar a especialistas comenzó a confiar cada vez más en ellos, a menudo pasando completamente por alto al médico de cabecera. Los pobres llenaban las salas de espera y las camas de los hospitales-escuela, y se convirtieron en el material de enseñanza e investigación utilizado por internos, residentes, y especialistas. Los asalariados de la nación, excluidos de los consultorios de beneficencia mediante la evaluación de medios económicos para determinar si tenían derecho o no a ciertas prestaciones, y a menudo incapaces de permitirse el lujo de pagar los honorarios de los especialistas privados, se convirtieron en pacientes que hacían ganar el sustento a los médicos de cabecera que no pertenecían a la elite. A continuación de las campañas de los médicos, que fueron en su mayoría exitosas en eliminar del país a las matronas, los hombres y las mujeres, tanto obreros como campesinos, perdieron los servicios que permitían mantener la integridad de sus familias durante la interrupción que supone el parto, y se encontraron con que tenían que pagar a los médicos, cuyos honorarios eran más altos que el de una comadrona, además del costo de una cama de hospital. Las mujeres padecieron a causa de operaciones innecesarias, y también debido a la atención sofocante de los ginecólogos. Ellas, tal como sucedía con la clase trabajadora y con las minorías raciales en general, también habían sido excluidas del ejercicio de la medicina.

A medida que disminuía el número de médicos que competían por los dólares de los consumidores, aumentaban los ingresos de los médicos y disminuía el número de galenos que ejercían su profesión en los sectores obreros y pobres de las ciudades y el campo. La clase media se convirtió en la fuente principal de ingresos para la mayoría de los miembros del cuerpo médico. Tal como Morris Fishbein, editor del periódico de la AMA, observó con displicencia en 1927: “El médico del futuro tendrá que ocuparse en gran parte de este grupo. Y la mayoría de los médicos, que también pertenecen a la clase media, obtendrán sus ingresos de este grupo”.

Los mecanismos que elevaron a los blancos de clase media y a los médicos varones de clase media alta a la cima de la jerarquía, no se basaban en conspiraciones ni en engaños conscientes, puesto que los médicos actuaron en beneficio de su propio colectivo. Pese a que los diversos grupos de interés dentro del cuerpo médico estaban en conflicto, lo que eliminó estos conflictos fue la creencia creciente de que todos los que adoptaran la medicina podían llegar a beneficiarse. Por supuesto que los homeópatas de antaño y los eclécticos se quedaron por el camino, y los propietarios de las facultades de medicina vulgares y comerciales perdieron sus negocios lucrativos. Sin embargo, la mayoría de los médicos se sentían identificados con la campaña de reforma cuyos objetivos eran lograr que se respetaran más sus habilidades, además de alcanzar un estatus social más elevado y ganar más dinero y también se sentían identificados con los medios necesarios para poder lograr los objetivos de dicha campaña. Indudablemente, hubo conspiraciones y engaños conscientes a lo largo del camino (veremos algunos ejemplos en el cuarto capítulo), pero incluso los líderes de la reforma creían que su misión podía llegar a beneficiar a la sociedad, así como al cuerpo médico. No obstante, había que tener una gran imaginación para concluir que la profesionalización completa de la medicina beneficiaba a más gente que a una pequeña minoría de la población.

Las limitaciones técnicas de la medicina del siglo diecinueve fueron reemplazadas por la estrechez de miras técnica del siglo veinte; el pluralismo profesional, por el monopolio profesional controlado por especialistas de elite y profesores de medicina; los grupos de curanderos, culturalmente diferentes y distribuidos ampliamente, por una clase profesional completamente estratificada y, para muchos, inaccesible. Éstas fueron algunas de las pérdidas que sufrió la sociedad y que acompañaron a los beneficios aportados por la medicina. Sin embargo, la consolidación de la profesión médica científica también proporcionó importantes beneficios a la clase empresarial de Estados Unidos.

La medicina científica II:

La conservación del capital

A pesar de que la medicina científica aseguró el bienestar al cuerpo médico, también supuso para los médicos una contradicción muy grande e irresoluble. La ciencia médica, tal como se desarrolló en los países capitalistas, se edificó en torno a la tecnología. Se creía que cuanto más alto fuese el nivel tecnológico, más efectivos, o al menos más comercializables, iban a ser los servicios de los médicos e investigadores. Sin embargo, cuanto más alto era el nivel alcanzado por la tecnología, mayor era el capital requerido tanto para la práctica como para la investigación médica. Las inversiones necesarias para construir y equipar hospitales y laboratorios, y los gastos tremendos para mantener una facultad altamente especializada y a los investigadores, eran algo que no estaba al alcance de los recursos de los propios médicos. Los médicos tuvieron que recurrir a personas externas a la profesión para poder conseguir capitales, y en el año 1900 había una sola clase que tenía ese dinero. Los capitalistas ricos estaban en una posición que les permitía dictar las condiciones a la profesión médica, es decir, políticas que servían a sus propios intereses, tanto o aún más que las políticas de la misma profesión médica. En este capítulo veremos la manera con que la ciencia médica abrió sus puertas a la intervención capitalista, y también las distintas maneras con que la ciencia médica sirvió no sólo a las necesidades de la profesión médica, sino también a los intereses del capitalismo.

LA TECNOLOGÍA MÉDICA Y EL CAPITAL

El médico de cabecera del siglo diecinueve contaba con pocos instrumentos espéculo, termómetro, y estetoscopio para examinar, sierras para amputar, un botiquín con remedios para vender a sus pacientes y de hecho se trataba de una pequeña inversión. Pero un simple médico no podía darse el lujo de contar con la alta tecnología exigida por la medicina del siglo veinte. Los hospitales, otrora las instituciones a donde se los llevaba a los pobres a que murieran, se convirtieron en el taller del médico. El hospital no sólo le proporcionaba al médico salas de operaciones totalmente equipadas, aparatos de rayos x, y otros instrumentos de diagnóstico y terapéuticos, sino que también le proporcionó personal auxiliar que aislaran a los pacientes de sus familiares, los colocaran bajo el control de los expertos técnicos, y se aseguraran de que se cumplieran las órdenes del médico. Así como la calesa que transportaba al médico a la casa del paciente simbolizaba la relación entre el médico y el paciente del siglo diecinueve, también el paciente en el consultorio del médico equipado moderadamente, y luego el médico y el paciente en el hospital, simbolizan a sus homólogos modernizados.

El desarrollo de los hospitales en gran escala entre 1890 y 1900 vino a continuación del desarrollo de la cirugía como técnica especializada. Las famosas aptitudes quirúrgicas de Halsted en el Johns Hopkins y de otros en la Clínica Mayo proporcionaron apoyo popular a las súplicas del cuerpo médico para que se construyeran hospitales con instalaciones quirúrgicas modernas. Rosemary Stevens notó lo siguiente: “La mayoría de los hospitales de hoy en día fueron fundados entre 1880 y 1920, que fue cuando la clase media entró en los hospitales por primera vez en gran escala”. En 1873 sólo había 178 hospitales en Estados Unidos, y por el 1909 había 4.359 con una capacidad de 421.000 camas.

Los médicos se volvieron siempre más dependientes de los hospitales. Por el 1929, de alguna manera siete médicos de cada diez estaban afiliados a un hospital. En Nueva York y Chicago, el médico común, tanto el galeno de cabecera como el especialista, pasaba hasta el treinta por ciento de su tiempo en hospitales y clínicas. Incluso entre fines del siglo veinte y comienzos del siglo veintiuno, el cuerpo médico se volvió aún más dependiente de la tecnología, que era costosa e institucionalizada.

El capital necesario para los hospitales, la educación médica, y la investigación era algo que estaba más allá de las posibilidades del mismo cuerpo médico. Un hospital totalmente equipado de tamaño medio era un proyecto de construcción costoso. Además, tampoco se podía esperar que las tarifas que se percibían por las habitaciones y los servicios cubriesen el costo anual del manejo de los hospitales, especialmente por el hecho de que los hospitales constituían talleres gratuitos para el médico. Se podía esperar que los pacientes pagasen una cierta suma de dinero por el tratamiento hospitalario, pero más allá de un límite determinado con mucha imprecisión, toda tarifa hospitalaria adicional hubiese disminuido el uso de los hospitales, y por lo tanto hubiese reducido los ingresos tanto del hospital como de los médicos. Por consiguiente, los hospitales acumulaban déficits todos los años, que debían ser saldados.

El aporte de fondos para afrontar los déficits reflejaba la función social de los hospitales como organizaciones de beneficencia. Históricamente, a partir de su desarrollo como refugios medievales para los pobres moribundos, hasta su papel más reciente de proporcionar ayuda a los enfermos de todas las clases sociales, los hospitales han reflejado sistemáticamente la estructura de clases de la sociedad.

Respondiendo a su posición en la estructura de clases, se espera que los ricos paguen los costos totales de su propio espacio privado y de un tratamiento solícito, y que la clase media, con menos espacio y menos personal que respondan a sus deseos, paguen sus propios costos, pero no necesariamente los necesarios para mantener todos los aspectos de un hospital. Hasta hace poco tiempo se esperó que los pobres pagaran de acuerdo con sus recursos, pero eso es muy poco. Al tratamiento que se les brinda a los pobres se lo clasifica como caridad, y de acuerdo con las nociones generalizadas sobre la importancia del trabajo y la pereza de los pobres, las instalaciones y el tratamiento que se les proporciona son como máximo austeros y como mínimo humillantes. Además, debido a una relación creciente entre hospitales y facultades, los pobres se convirtieron en material de investigación y enseñanza del cuerpo médico. Para completar la diferenciación de las relaciones de clase que se reflejan también dentro del hospital, se los llamó a los ricos para que dieran dinero a los hospitales para solventar los costos de los tratamientos que se les dan a los pobres, y así lograr que cuadren los libros contables del hospital. La naturaleza caritativa de los hospitales les brinda a los ricos una oportunidad casi perfecta de demostrar su nobleza obliga, dentro de una institución que refleja públicamente la estructura de clases de la sociedad, y por consiguiente la refuerza.

Obviamente, la organización de los hospitales y el aporte de fondos para los mismos proporciona a los médicos las instalaciones necesarias para ejercer su profesión y ganar dinero, y beneficia a la clase media alta y a la alta proporcionándoles instalaciones que corresponden a su estatus social, y oportunidades para demostrar su posición como clase superior haciéndoles obras de caridad a estos hospitales. La dependencia que tiene el cuerpo médico de los ricos podría generar antagonismo, pero puesto que en el hospital ambos tienen intereses compatibles, su relación ha sido siempre simbiótica. Los hombres y mujeres ricos de un cierto lugar abrían sus corazones y sus monederos para recolectar fondos para los hospitales.

La investigación médica y la educación médica eran cuestiones diferentes. Los hospitales apelaban a los electores locales, mientras que las nuevas facultades de medicina científicas atraían a los estudiantes, al menos a aquéllos procedentes de las provincias, y más a menudo a los de toda una región o incluso de la nación. La investigación médica era una inversión a largo plazo para desarrollar nuevos conocimientos y tecnología que podían llegar a servir al país en su conjunto, en vez de proporcionar un servicio subordinado a los pobres. Los investigadores de las facultades de medicina no eran más los médicos lugareños distinguidos, sino que su reputación a nivel nacional se hacía dentro de sus propias filas, o caso contrario no se hacía para nada. A los hombres y mujeres ricos del lugar se los podía convencer con zalamerías para que proporcionaran un laboratorio a la facultad de medicina cercana apelando al orgullo del lugar, pero a estos objetos de la caridad les faltaba el dramatismo de los hospitales que atendían a los pobres, y que proporcionaban instalaciones para médicos conocidos en toda la comunidad local. La educación médica, así como también la investigación médica, suponían sumas de dinero mucho más grandes que las necesarias para la construcción de hospitales, y las dotaciones para mantener a las escuelas y a los investigadores exigía inversiones aún más importantes, procedentes de la riqueza de la clase alta del lugar.

El hecho de que se necesitaran sumas más importantes, combinado con las funciones menos directamente caritativas y menos visibles tanto de la investigación como de la educación médica, sumado al hecho de que las inversiones que representaban eran a largo plazo, y añadiendo el carácter más nacional de su llamada, hizo que tanto la educación como la investigación médica se convirtieran en los objetos filantrópicos de una clase rica a nivel nacional, más que de una clase cuya riqueza, debido a su naturaleza o importancia, era del lugar. Por el 1890 una nueva clase capitalista a nivel nacional eclipsó a las elites empresariales y aristocráticas lugareñas. Su riqueza procedía de inversiones en compañías nacionales, y su visión de lo que era bueno y necesario para la sociedad era más amplia que la de sus homólogos lugareños, que eran menos numerosos. Muchos de ellos ofrecieron dinero en beneficencia sin ninguna estrategia, excepto que solicitaban buena voluntad, pero algunos tenían sus propias estrategias e intereses.

Tal como los médicos lugareños bien relacionados hacían un llamado al orgullo del lugar y a las obligaciones caritativas de la clase media alta lugareña con el objetivo de construir un hospital moderno para su comunidad, así también los profesores de medicina y los científicos se dirigían a hombres y mujeres de gran riqueza, pidiéndoles ayuda para cubrir las necesidades de la sociedad. Unos pocos centros de educación e investigación médica ilustres contaban con una solvencia relativa. Charles Eliot vio con claridad que el modo de atraer regalos y donaciones más importantes era reformando la facultad de medicina de Harvard. Johns Hopkins deseaba un hospital y una facultad de medicina, así como también una universidad en general, creadas mediante la fortuna que había hecho con los ferrocarriles de Baltimore y Ohio. Sin embargo, para poder abrir una facultad de medicina se necesitaban más recursos, que se obtuvieron de individuos ricos, pero estos casos eran la excepción. En 1900 el periódico AMA publicó esta queja: “Ni siquiera media docena de instituciones han recibido sumas considerables, e incluso unas pocas no han recibido nada”. Las dotaciones necesarias para “mejorar la educación y también la ciencia médica” debían proceder del exterior del cuerpo médico. Tal como algunos líderes de la reforma previeron y temieron, era un peligro  tener que depender de las asociaciones filantrópicas para obtener ese capital.

LA MEDICINA IDEOLÓGICA

LA VISIÓN DEL MUNDO DE LOS INDUSTRIALES

Los miembros de cualquier sociedad o clase social cuya existencia esté íntimamente ligada a la producción industrial pensarán que las explicaciones de la medicina científica sobre la salud y la enfermedad son más interesantes que los sistemas de creencias místicas. El análisis preciso del cuerpo humano en sus partes constituyentes es análogo a la organización industrial de la producción. Desde el punto de vista del industrial, la medicina científica parece que ofreciera el potencial ilimitado de eficacia que la ciencia y la tecnología proporcionan a la organización manufacturera y social. Así como la industria depende de la ciencia para obtener herramientas industriales técnicamente potentes, la medicina basada en la ciencia y sus conceptos mecanicistas del cuerpo y la enfermedad deberían producir herramientas potentes con las cuales poder identificar, eliminar, y prevenir los agentes de la enfermedad, y corregir las disfunciones del organismo.

Hubo un tiempo en que muchos médicos estaban a la vanguardia de los movimientos progresistas de reforma social. Ya a mediados del siglo diecinueve la medicina social era un campo altamente desarrollado. En Francia, Villermé, Buchez, y Guérin, en Alemania, Neumann, Virchow, y Leubuscher y decenas de médicos menos conocidos estudiaron las causas de las enfermedades, tanto económicas, sociales, como las relacionadas con el tipo de trabajo, e impulsaron reformas para eliminarlas. Rudolf Virchow, uno de los padres de la fisiología celular moderna, arguyó que la medicina “debe intervenir en la vida política y social; debe señalar los obstáculos que impiden el funcionamiento normal de los procesos vitales, y hacer efectiva su remoción” [énfasis del traductor].

Sin embargo, desde los tiempos de Pasteur y Koch, lo que dominó a la investigación médica fue una perspectiva más conservadora. El modelo clínico o médico se concentró en el individuo, mientras que la investigación bacteriológica identificó a agentes de las enfermedades diferenciados, externos, y específicos. Esta perspectiva fomentó la idea de aplicar tratamientos específicos para curar condiciones patológicas específicas, y distrajo la atención de las causas sociales y económicas de las enfermedades.

Los ideólogos de la sociedad capitalista promulgaron la idea de que la causa fundamental del sufrimiento es la insuficiencia de nuestro dominio sobre la naturaleza, de lo inadecuado de nuestro desarrollo tecnológico.

Todo este apoyo económico a la ciencia médica y al reconocimiento social con que los miembros de la clase alta colmaron a los médicos, les proporcionó a éstos un estatus más alto y sólido. [Frederick T.] Gates observó que los institutos de investigación médica “habían conferido dignidad y gloria a la medicina”, y como consecuencia, el cuerpo médico estaba despertando “a una conciencia orgullosa y sana de la dignidad de su vocación”. Sin ningún cinismo, Gates creía que “elevar a la profesión médica” habría favorecido a los intereses de la misma profesión, y ayudado a estabilizar una estructura de clases que a veces se tambaleaba. La sociedad capitalista estaba ganando otro firme defensor a medida en que los médicos, depurados de toda conciencia social, reconocían cada vez más su deber de mantener el orden social existente.

UNA INVERSIÓN PERMANENTE

Los capitalistas filántropos que apoyaban a la ciencia médica creían que ésta iba a hacer algo más que demostrar sus buenas obras. En primer lugar, la medicina científica reduccionista se asemejaba de manera asombrosa y no casual a la visión del mundo capitalista. En segundo lugar, la medicina científica iría a ayudar a integrar a todos los miembros de la sociedad, independientemente de su ocupación y posición social, en una cultura técnico-industrial, unificando el orden social capitalista-industrial, que estaba fragmentado y que a menudo era frágil. En tercer lugar, la medicina científica iría a ayudar a reemplazar a las teorías de clase generalizadas sobre la miseria, con la perspectiva de que las desigualdades y la infelicidad fueran tratadas como problemas técnicos susceptibles de aplicárseles soluciones de ingeniería, lo que de este modo despolitizaba a la medicina y legitimaba al capitalismo. Y finalmente, la medicina científica iría a ayudar a elevar a la profesión médica, fomentando una identificación más fuerte de sus miembros con la clase social más alta de la sociedad y con el orden capitalista en sí mismo.

Epílogo: Medio siglo de medicina en la sociedad capitalista empresarial

RACIONALIZANDO AL MERCADO MÉDICO

LOS MÉDICOS Y EL SECTOR DE PRODUCTOS QUE REQUIEREN GRANDES INVERSIONES DE CAPITAL

El ejercicio de la medicina a nivel privado se había basado en el uso de productos simples, insignificantes, que el mismo médico podía producir y vender. Pero la medicina tecnológica impulsó a que los médicos se volvieran dependientes de productos que requieren una utilización intensiva de capital, y que para su producción demandan considerables inversiones de capital y bastante personal. Durante décadas, este desarrollo redundó en un beneficio para la profesión. La tecnología médica permitió al cuerpo médico y a estos nuevos grupos de interés dividir más a la atención médica en unidades de servicio y productos diferenciados que se pudieran comercializar. Los médicos asumieron un nuevo papel como intermediarios en este mercado, así como también el de productores más “productivos”. Ellos eran capaces de controlar siempre más a un mercado médico cada vez más lucrativo, reivindicando el monopolio de su pericia en la materia, así como su autoridad en la atención médica y sobre el creciente número de trabajadores sanitarios.

LOS QUE “RACIONALIZAN DESDE EL PUNTO DE VISTA EMPRESARIAL”

La clase empresarial tiene un interés imperioso pero limitado en la salud de la gente y en el tipo de atención médica que se le proporciona. Sin embargo, ese interés sólo se extiende a asegurarse que la población mantenga una salud física y mental suficiente como para proporcionar una fuerza de trabajo adecuada, y a que la atención médica fomente la dependencia en el manejo técnico y profesional de los problemas individuales.

LA MEDICINA TECNOLÓGICA

LA CLASE EMPRESARIAL

La clase empresarial adoptó a la medicina científica porque apoyaba sus luchas políticas y económicas. La medicina tecnológica proporciona a la clase empresarial una visión del mundo compatible, una técnica eficaz, una herramienta cultural solidaria, y la atención al proceso de la enfermedad dentro del organismo, que distrae convenientemente la atención de las condiciones en las que la gente  vive y trabaja y que hacen daño a la salud.

Tal como las fundaciones y los capitalistas lo habían hecho anteriormente en ese siglo, la investigación federal sobre la salud se concentró en los pocos elementos técnicos de las enfermedades y en la muerte, en vez que en los entornos económicos y físicos más amplios que son tan fundamentales para el estado de salud de la población. La investigación sobre el cáncer constituye un ejemplo destacado y típico. Ni el Instituto nacional del cáncer, ni la Asociación norteamericana del cáncer demostraron mucho interés en investigar los factores medioambientales que contribuyen al cáncer. La mísera proporción de fondos dedicados a las causas medioambientales del cáncer parece algo especialmente irónico, porque en varias ocasiones Frank J. Rauscher, director del Instituto nacional del cáncer, declaró públicamente la opinión ampliamente corroborada que hasta un 90% de todos los cánceres se originan en el medioambiente. Según los funcionarios federales de la sanidad, las pruebas epidemiológicas demuestran que por lo menos un 20% y tal vez un 40% de todos los casos de cáncer se deben a sustancias cancerígenas, que es el sector más ignorado de la investigación sobre cáncer medioambiental. 

Originalmente esta negligencia de las bases que se relacionan con el trabajo y el medioambiente no es debida a un complot, pues tal como vimos en los capítulos previos, la profesión médica está atada a la clase empresarial.

Puede que los investigadores científicos estén libres de la influencia del mercado que constituyen los productos farmacéuticos, pero para hacerse rico y famoso deben obedecer a las reglas del “mercado” de fondos de investigación científica. Su dependencia de fundaciones y organismos del gobierno que brindan fondos restringe la serie de problemas y métodos que puede que investiguen, y también constriñen sus procesos intelectuales creativos. Así, la negligencia maligna en la investigación médica sobre los factores relacionados con el trabajo y el medioambiente, así como sobre los factores sociales y económicos, se debe al apoyo económico desigual que se proporciona a investigaciones microbiológicas restringidas, a los intereses económicos y de clase del cuerpo médico, a la teoría médica mecanicista y reduccionista, y a la consiguiente limitada formación técnica de los médicos.

Sin embargo, lo que subyace a estos factores en su mayoría institucionales y de clase son las políticas deliberadas de las principales instituciones empresariales y políticas. Con el tiempo las fundaciones, corporaciones, y organismos oficiales se diferencian entre sí por el apoyo económico y político que dan a las perspectivas sociales en medicina, en lugar de darlo a las perspectivas técnicas. Pero a la larga y en cualquier momento, apoyan de manera abrumadora a las perspectivas técnicas que separan los problemas sanitarios de su contexto social y político. Sus políticas reflejan una preocupación general como clase empresarial, cuyo objetivo es que cualquier exceso de enfermedad y muerte no sea atribuido a las reconocidas desigualdades de la sociedad capitalista, o a la organización de la producción que coloca a las ganancias por encima de la protección medioambiental y de la salud de los trabajadores.

EL COMPLEJO MÉDICO-INDUSTRIAL

Todos los intereses de los médicos, hospitales, investigadores científicos, y empresas médico-industriales coinciden en promover la tecnología médica, que es cara. Formaron una relación simbiótica redituable en la atención médica basada en el sistema de utilización de productos, y en la afinidad cultural y el apoyo ideológico de la sociedad a la medicina tecnológica.

La industria privada no sólo controla un cuarto de todo este dinero que se aplica en investigación y desarrollo, sino que también determina si el conocimiento que genera la investigación de base se hará accesible como nuevos productos médicos. Dado que ambos tipos de decisiones se basan en la esperada rentabilidad de cualquier inversión, en vez de basarse en la necesidad y la seguridad médica, no sorprende que se produzcan fármacos y equipos de utilidad cuestionable y que a menudo conlleven un peligro significativo, y que otros productos útiles a nivel médico no se desarrollen.

CULPANDO A LA VÍCTIMA: UNA VIEJA IDEOLOGÍA RECOBRA SU IMPORTANCIA

Obviamente la medicina curativa orientada al individuo es necesaria porque los seres humanos no están adaptados perfectamente a ningún ambiente físico o social. Pero la atención médica debería hacer más que aplicar un parche a las heridas generadas por la falta de armonía entre las personas y el medioambiente. Mucha de esa falta de armonía es consecuencia de la explotación del medioambiente físico y social con fines lucrativos, un proceso en el cual el cáncer causado por la contaminación tanto en el lugar de trabajo como en el medioambiente, la alta presión sanguínea debida al estrés, y el exceso de mortalidad relacionada con la pobreza y el racismo se consideran “costos sociales” de producción. Sin embargo, se puede ejercer presión política para cambiar esas situaciones, y finalmente organizar la producción en torno a las necesidades sociales en vez que a la acumulación privada de capital.

Partiendo de las primeras asociaciones médicas filantrópicas del grupo Rockefeller, hasta llegar a la apertura del tesoro federal dirigida al sector sanitario, la estrategia más importante para lograr que la medicina fuera más eficaz era la investigación biomédica y el desarrollo de la medicina tecnológica. Los avances técnicos han sido muy grandes, pero los resultados no han sido distribuidos con equidad, ni coordinados racionalmente con los tratamientos primarios necesarios, ni tampoco han sido combinados con un apoyo para mejorar el ambiente físico y el social. Además, la técnica ha reemplazado siempre más a la atención personal y al apoyo emocional que representan las relaciones entre el médico y el paciente. Tal como lo hemos visto, este énfasis sólo tuvo un impacto positivo limitado en la salud de la población. Estos enfoques técnicamente limitados se mantienen, puesto que son útiles para las clases poderosas y los grupos de interés. Para los miembros de la clase empresarial, la medicina tecnológica legitimó su poder económico y político haciendo desviar la atención de las consecuencias de su control, es decir, de los denominados “costos sociales” como las desigualdades de clase, el dominio basado en la raza o el sexo, los riesgos laborales, y el degrado ambiental. Para el cuerpo médico, el conocimiento generado por la ciencia médica y las técnicas de la tecnología médica proporcionaron la base para que los médicos reclamaran su autoridad en el monopolio del ejercicio de la medicina. Durante las últimas décadas, la tecnología médica ha sido la base de toda una nueva industria, que es un grupo de interés que se beneficia directamente del énfasis en los enfoques técnicos para encarar los problemas de salud. La medicina tecnológica benefició a todos estos grupos, que a su vez apoyaron su expansión.

Las asociaciones filantrópicas de Rockefeller también comenzaron un largo proceso de racionalización de los tratamientos médicos. A esta campaña se sumaron algunos grupos dentro y fuera del ámbito sanitario, y durante las últimas décadas han recibido un creciente apoyo del Estado. El poder político del cuerpo médico era lo suficientemente fuerte como para eliminar los primeros esfuerzos para subordinar a todos los elementos del sistema a una jerarquía de autoridad organizativa. Por lo tanto, en los puntos de menor resistencia es donde se implementaron algunas partes de la estrategia racionalizada. Los programas de seguros de salud voluntarios –tanto los privados como posteriormente también los públicos se desarrollaron principalmente en torno a los tratamientos hospitalarios, aportando fondos para la expansión de la medicina de alta tecnología que se centraba en los hospitales. La racionalización del mercado médico privado colaboró con el crecimiento del sector de los productos médicos, el cual exige grandes inversiones en bienes de capital, y tiene una gran participación en la medicina tecnológica. El control privado de este mercado, el énfasis en la tecnología médica, y la socialización de los costos por parte de los contribuyentes en tercera persona, se combinaron para que se dispararan los gastos, agravando los problemas fiscales del gobierno y consumiendo crecientes sumas de dinero procedentes de la economía.

Los reformadores de la medicina de la clase alta, partiendo de Gates y sus colegas de la fundación Rockefeller hasta llegar a los actuales funcionarios del Estado, no están dispuestos a rechazar al mercado privado en su totalidad, lo que provoca una contradicción muy grande en sus luchas para racionalizar la medicina. Ellos impulsaron el desarrollo del mercado privado con apoyo legislativo y económico, en lugar de nacionalizar al sistema sanitario. La crisis actual es el resultado de este proceso político-económico. Era un resultado inevitable sólo en la medida en que determinó al sistema en el que creía, o al menos aceptó las necesidades y limitaciones de las relaciones económicas y sociales capitalistas. Si en el campo de la medicina Gates y la sucesiva fundación y los líderes del gobierno se hubieran comprometido a lograr que los servicios sanitarios atendieran a las necesidades de la mayoría de la población, en lugar de atender a las necesidades del capitalismo y a los intereses de la clase empresarial, se habría seguido otro camino. Aún hoy un servicio sanitario global, centralizado, y nacionalizado, podría controlar eficazmente los costos y proporcionar un sistema equitativo a toda la población. El sistema sanitario podría ser más eficaz en mejorar la salud, si su investigación y actividades se dirigieran a las condiciones ambientales en casi la misma proporción en la que dichas condiciones contribuyen a la enfermedad y la muerte.

Pero no se puede contar con que los que planean políticas sanitarias realicen estos cambios fundamentales. Dado que son miembros de la clase empresarial o se sienten identificados con sus intereses, creen, parafraseando al aforismo audaz de Charles Wilson, que “lo que es bueno para los negocios es bueno para Estados Unidos”. Además, el sector capitalista de la medicina se hizo rico y poderoso, logrando un apoyo activo por parte de las compañías de seguros, bancos, y empresas industriales, cuya influencia económica y política les iba a permitir quedarse con el mercado médico privado. Se apoya al seguro nacional de salud porque socializará aún más los costos de la medicina, pero para las fuerzas del mercado, privadas y poderosas, es inaceptable nacionalizar la medicina convirtiéndola en un servicio sanitario nacional, y por lo tanto los que planean la política a seguir no la tienen en cuenta. En lugar de someter al sistema médico a una revisión, se coloca el peso de los costos de gestión en las personas que han sufrido enfermedades, limitando su acceso a los servicios, y exigiendo que mejoren su salud cambiando su comportamiento.

Sin embargo, tal vez ni siquiera un servicio sanitario nacional necesariamente podría lograr acabar con el papel que desempeña la medicina de legitimar a la sociedad capitalista empresarial. Lo que podría hacer, si llegara a hacer algo, es permitir que esas funciones ideológicas compitiesen menos con las necesidades del mercado. Sin los problemas de acceso que persisten en el sistema de mercado actual, “la suministración de la salud”, tal como Gates llamaba a la medicina, podría ofrecer perspectivas personalizadas y técnicas, así como métodos para poder resolver los problemas sanitarios de toda la población.

Potencialmente el sistema sanitario tiene mucho que ofrecer. Es justo que esperemos que prevenga las enfermedades, diagnostique nuestras dolencias, alivie nuestros dolores y cuando nos enfermamos, que por lo menos nos haga volver a nuestro nivel de desempeño habitual. Si el sistema sanitario no estuviera distorsionado por su carácter mercantil y por las funciones ideológicas que se le exigen, se podría desarrollar muy bien, tal como lo deseamos. Es posible lograr que un sistema sanitario funcione muy bien, tal como lo deseamos, y que satisfaga las necesidades sanitarias de la mayoría, en lugar de atender  los intereses económicos y políticos de sus patrocinadores y de las clases altas. No obstante, es dudoso que en una sociedad capitalista se pueda concretar un sistema sanitario de este tipo, puesto que dicho sistema sanitario está obligado y comprometido a mantener la primacía de la acumulación del capital. Sin embargo, la lucha por el logro de ese nuevo sistema sanitario puede que contribuya a llevar adelante otra lucha más importante, la de un nuevo orden social y económico más justo.