EL DR. KARY MULLIS, PREMIO NOBEL DE QUÍMICA 1993, TRATA DE DILUCIDAR POR QUÉ CREEMOS MÁS EN LA CIENCIA QUE EN NUESTRAS PROPIAS PERCEPCIONES

DR. KARY MULLIS, PREMIO NOBEL DE QUÍMICA 1993

ED. BLOOMSBURY, LONDRES, 2000

EXTRACTOS DE "DANZA DESCARNADA EN EL CAMPO DE LA MENTE" (DANCING NAKED IN THE MIND FIELD) ESCOGIDOS Y TRADUCIDOS POR EL TIG

  

Nosotros, los seres humanos, incluyendo a los matemáticos, tenemos la idea de que cuanto más pequeño es algo, más fundamentalmente importante. Y cuanto más grande, más fundamentalmente importante. Tal vez queramos reconsiderar lo que queremos decir por fundamental.

Ésta es una historia importante. Es la historia de cómo, siendo una cultura mundial después de las grandes guerras, comenzamos a inclinarnos por la idea de que la realidad no es lo que ven nuestros sentidos. La realidad sólo puede ser vista por especialistas con lentes gruesas y máquinas especiales. Parece que no importara el hecho que durante millones de años hemos estado desarrollando algunos de los mejores aparatos sensoriales del sistema solar...

¿Cuando fue que nosotros, como cultura, decidimos que las cosas extremadamente pequeñas eran fundamentales? Creo que fue en este siglo con el advenimiento de las bombas nucleares. Al mismo tiempo, decidimos que las cosas muy grandes también eran importantes. Las cosas de tamaño medio como nosotros fueron relegadas al armario que no es tan importante. Pero, ¿cómo ocurrió? Las cátedras de estética y filosofía existencial desaparecieron sin dejar rastro. La mayoría de sus preguntas sobre las cosas de tamaño medio aún habían quedado sin respuesta... [Capítulo  V, “El reino de los sentidos”, p. 70-71].

Las personas muy inteligentes deberían orientarse hacia cosas que les interesan a ellos y a nosotros –y eso se puede resolver, en lugar de desperdiciarlos en campos que son muy románticos pero que no tienen mucho que ver con nuestras vidas, y ninguna relación con el gran árbitro de todas las cosas– nuestros sentidos... [Capítulo V, “El reino de los sentidos”, p. 74].

Después de que pasaran cientos de años desde los experimentos de Boyle, aún no aprendimos a separar los hechos y nuestras creencias. Aceptamos como verdadera la creencia de que somos los causantes del calentamiento global y del creciente agujero en la capa de ozono –sin  pruebas científicas. Tenemos fe en el desastre. Los científicos tienen un interés considerable en que sigamos creyendo que estos problemas amenazan nuestras vidas, y que deben ser resueltos. Les pagan por ello. ¿Pero nosotros qué sacamos de eso? ¿Es una sensación de confort, de saber que a nuestras vidas se las protege?... [Capítulo XXI,  “¿Qué pasó con el método científico?”, p. 119].